El silencio que siguió al cierre de la grieta no fue un alivio. Fue una ausencia. Como si el mundo contuviera el aliento… sin saber si debía exhalar en calma o en luto.
Adelia yacía de rodillas en medio del claro, cubierta de escarcha, con la caja de recuerdos aún entre sus manos. Sus ojos estaban abiertos, pero vacíos. Como si mirara un cielo que ya no reconocía.
Ethan corrió hacia ella, tomándola por los hombros.
—Adelia… ¿me oyes?
Ella parpadeó.
Lo miró.
Y frunció el ceño.
—¿Nos conocemos?
*