Una cita a ciegas.

El CEO Volkov no gritó, en su rostro no hubo cambio alguno, simplemente estaba dejando claro su postura, esa mujercita no le iba a decir que hacer, o que no hacer. No a él que lo controlaba todo en su vida.

Domenica estaba furiosa, nunca la habían tratado con tanto desdén, ese engreído se pensaba la última botella de agua en el desierto, pero le iba a dejar muy claro que con ella no se iba a comportar así.

— El que debe entender que no quiero casarme contigo eres tú, mucho menos tener a tu hijo, o tus hijos. Ahora entiendo por qué estás aquí intentando casarte mediante un matrimonio contractual, es porque nadie te quiere por arrogante y engreído, ¿Cierto?

Domenica tocó el punto más vulnerable del CEO al que todos llamaban tirano, la única mujer a la que había amado lo dejó sin importarle que tan excelente era como hombre, y como CEO, lo que lo hizo reaccionar y mostrar su lado más frío.

— Yo puedo elegir a la mujer que quiera para que sea mi esposa, pero no me interesa el amor romántico, solo acepté este matrimonio para tener un hijo con un alto IQ para que sea heredero de mi imperio, y según la información que tengo tuya, tu cumples ese requisito, pero eso es todo mujercita consentida, nunca voy a amarte, y nunca te pediré amor.

El CEO Volkok, pensó que la delicada heredera Montana se intimidaría con sus frías e hirientes palabras, pero para su sorpresa eso no sucedió.

— Tu idea del matrimonio es lo mejor que pudo pasarme, yo nunca me enamoraría de un temprano de hielo como lo eres tú, además he conocido hombres mucho más apuestos, ruso, y... Estoy enamorada de alguien más.

— Bien, es mejor que haya quedado claro desde un principio, en este matrimonio no habrá amor, ni arrumacos, solamente me darás un heredero y eso será suficiente.

Por alguna razón el que su futura esposa le haya dicho a la cara que amaba a alguien más, no le supo nada bien al CEO, su carácter territorial y posesivo lo tenía muy marcado.

— ¿Cómo iba a hacerte arrumacos yo a ti? Ni siquiera me agradas, tocarte ni en tus sueños, solamente fingiremos que somos una pareja cuando estemos delante de la gente, pero a solas cada quien vivirá por su lado.

Domenica no estaba dispuesta a bajar la guardia, su futuro marido estaba soñando si pensaba que le rogaría amor, por muy atractivo que fuera, y por mucho que le encantara ese acento ruso en su perfecto inglés, ella nunca lo amaría.

— Me complace ver qué si eres inteligente como dicen, ¿Si sabes que la boda se llevará a cabo en quince días, cierto?

— Lo sé, todavía no entiendo cuál es la prisa de papá por casarme contigo, tampoco eres la octava maravilla, pero ya que más da, al mal paso darle prisa.

El exitoso empresario que estaba bebiendo de su copa de vino, se le atragantó al escuchar a la hermosa chica resignarse de esa manera a casarse con él. Era como si la estuvieran sentenciando a muerte, incluso podía sentir su melancolía.

El hombre tomó la servilleta para toser. Domenica lo observaba con sus bellos ojos vivaces.

— Cof, cof, cof.

— No deberías beber tan aprisa, te vas a ahogar y voy a quedar viuda antes de la boda.

El magnate mal miró a su prometida, le provocaba unas inmensas ganas de castigarla por ser tan altanera y engreída, pero se tenía que aguantar porque era la primera vez que la veía.

— Si, tomaré tu concejo, si me ahogo no habrá quien se quiera casar contigo. Es más que evidente que no eres precisamente el sueño de esposa, con lo consentida que estás, y con lo engreída que eres, eres apenas... Soportable.

La mirada violeta de Domenica se entrecerró en el apuesto hombre, lo que tenía de guapo, lo tenía de amargado. Se sentía ofendida, pero no se lo demostraría.

— Yo soy adorable, no es mi culpa que siendo tan joven seas tan amargado, por fortuna no tendré que tratar contigo más que lo indispensable, y apenas mi padre me levante el castigo, me voy a divorciar de ti, no pienso vivir demasiado tiempo atrapada con un arrogante hombre que ni siquiera sabe amar.

— "¡Tú...!" — La mirada azul de Lenín Volkov, se fijó en la mirada violeta de Domenica, fue una lucha silenciosa que ninguno quería perder, ambos se retaban, pero como no podían simplemente alejarse, se terminaron volteando para otra parte.

— Ya es hora de irme, tengo cosas que hacer.

Domi, bebió la mitad de su copa, después la dejó en la mesa para tomar su bolso y su abrigo.

— Espera. — El CEO sacó de su traje una pequeña caja de terciopelo negra y la puso en la mesa empujándola hacia la chica. — Esto es para ti, es mejor si lo llevas desde ahora, así todos sabrán que estás comprometida.

— Lo tomaré, me lo pondré cuando sea necesario, no es como si este compromiso sea para presumir. Qué tengas buena tarde, Lenín Volkov.

Domi se retiró sin voltear a ver a su prometido una sola vez, no se puso el anillo porque la tradición decía que el novio debía de ponérselo, no es que quisiera hacer las cosas más difíciles, pero ese hombre tan frío no cooperaba mucho.

El CEO la vió irse, él no despegó su mirada de ella hasta que la perdió de vista. Y solo pudo decir:

— "Mujercita indomable, ya me vas a conocer"

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