El auto se detuvo frente al edificio con una suavidad casi reverencial.
Adrián apagó el motor, pero no bajó de inmediato. Giró apenas el rostro hacia Valeria. Ella miraba por la ventana, las manos entrelazadas sobre el regazo, respirando con dificultad contenida. No estaba llorando. Eso, para él, era lo más alarmante.
—Ya llegamos —dijo con voz baja, sin imponer, sin ordenar.
Valeria asintió, pero no se movió.
Había enfrentado partos, hospitales, pérdidas, el miedo a morir… pero esto era distin