Adrián salió de la oficina al caer la tarde. No fue directo a casa. Se detuvo primero en una floristería elegante, de esas que siempre llamaban la atención de Valeria cuando pasaban juntos. Observó los ramos unos segundos y eligió uno grande, delicado, con flores claras y suaves, como a ella le gustaban. No por una ocasión especial, sino precisamente porque no hacía falta una excusa.
Mientras tanto, en casa, Valeria estaba sentada en el sofá con el bebé dormido en su pecho. Lo miraba respirar despacio, intentando concentrarse en ese momento perfecto… pero su mente se le escapaba. La imagen de la secretaria entrando al despacho de Adrián volvía sin que ella la llamara. Se sentía tonta por pensarlo, culpable por compararse, cansada de luchar contra un cuerpo que aún no reconocía del todo.
Cuando escuchó la puerta, levantó la mirada.
Adrián entró en silencio, dejando las llaves a un lado. Al verla, sonrió… y entonces sacó el ramo de detrás de su espalda.
—Para ti.
Valeria parpadeó, sorpr