El traje le quedaba igual que siempre: impecable, oscuro, perfectamente ajustado. Pero Adrián no era el mismo hombre que lo había usado por última vez antes de todo lo que ocurrió.
Se quedó unos segundos frente al espejo. No se estaba acomodando la corbata, estaba respirando. Recordándose que salir de esa casa no significaba abandonar a Valeria… aunque así se sintiera.
Valeria lo observaba desde la cama. Ya estaba mejor, más estable, aunque todavía delicada. Sus ojos lo seguían con una mezcla de orgullo y miedo.
—No tienes que ir si no estás listo —dijo ella con suavidad.
Adrián se acercó y se inclinó para besarle la frente, luego la mano, luego el vientre, como si necesitara asegurarse de que seguían ahí.
—Tengo que hacerlo —respondió—. Pero no porque quiera… sino porque todo esto —hizo un gesto amplio, pensando en la casa, en los médicos, en el futuro— también es cuidarlos.
Valeria asintió. Sabía que esa era su forma de amar.
Antes de irse, Adrián habló con las enfermeras, con el mé