El reloj marcaba las primeras horas de la madrugada cuando Valeria empezó a sentir contracciones más intensas. A pesar de la precaución y el cuidado que Adrián había impuesto durante todo el embarazo, aquel momento había llegado antes de lo previsto: apenas siete meses.
—Adrián… —susurró Valeria, con la voz temblorosa—. Creo que es hora…
Adrián, que estaba revisando algunos documentos desde la sala, se levantó de golpe, los ojos llenos de miedo. En un instante, estaba a su lado, sujetándola con firmeza mientras la llevaba al auto.
—Todo estará bien… te lo prometo, Valeria —dijo, tratando de sonar calmado, aunque su corazón se desbocaba.
El trayecto al hospital fue un caos de ansiedad y silencios tensos. Cada semáforo parecía eternizarse, cada curva del camino aumentaba el miedo que Adrián no podía contener. Por primera vez, el hombre fuerte, controlado y seguro del mundo de los negocios mostraba un lado vulnerable: sus manos temblaban, su mandíbula estaba apretada y, al verla tiritar