Desde aquella noche en que la crisis casi los rompe, Adrián no dejó nada al azar. No era solo su instinto de CEO; era su necesidad de asegurarse de que Valeria y su hijo estuvieran siempre seguros.
Organizó todo para poder trabajar desde casa tanto como le fuera posible. Reuniones por videollamada, decisiones estratégicas vía conferencias, llamadas permanentes con sus ejecutivos… todo sin alejarse ni un instante de Valeria.
Cada hora libre la aprovechaba para pasar junto a ella: llevando comidas que sabía que le gustaban, preparando bebidas calientes o jugos que le dieran energía, revisando medicación, hablando con las enfermeras para asegurarse de que todo estuviera bajo control. Si algo no le parecía, no dudaba en corregirlo, incluso si eso molestaba a las empleadas o al personal que se encargaba de su cuidado.
—Adrián, ya basta —le decía alguna enfermera—. Valeria está bien atendida.
—No lo entiendes —respondía él, con voz firme y una mezcla de miedo y autoridad—. Cada detalle cuen