La habitación quedó en penumbra cuando los médicos terminaron de salir. Las luces se atenuaron, los monitores continuaron marcando un ritmo constante y, por primera vez en horas, el silencio no fue amenazante. Adrián seguía sentado al lado de la cama, sin soltar la mano de Valeria, como si al hacerlo pudiera perderla otra vez.
No se movió.
No respiró profundo.
No pensó en nada más que en ella.
Valeria dormía, agotada, con el rostro pálido pero sereno. El médico había dicho que la crisis estaba controlada, que las siguientes horas eran clave, que debía permanecer en observación estricta. Adrián escuchó cada palabra… pero su mente solo retenía una idea:
Estuvo a punto de perderla.
Apoyó la frente contra el dorso de su mano, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso. No lloró esta vez. Ya no. El llanto había quedado atrás, en el pasillo, cuando lo obligaron a salir. Ahora lo único que sentía era una determinación feroz, casi primitiva.
—Nunca más —susurró—. Nunca más voy a perm