La propuesta llegó un martes por la mañana.
Valeria la leyó dos veces antes de levantar la vista del correo. No era un encargo cualquiera. Era el proyecto que muchos querían y pocos podían liderar: expansión internacional, socios exigentes, resultados visibles.
Y lejos.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Adrián cuando ella se lo contó, tratando de sonar neutral.
—Dos meses —respondió Valeria—. Tal vez un poco más.
Él asintió despacio. No dijo nada de inmediato. No por desinterés, sino porque estaba midiendo cada emoción que amenazaba con desbordarse.
—Es una oportunidad enorme —continuó ella—. Y la quieren a ella al frente.
Adrián la miró.
No como pareja.
Como CEO.
—Es tu proyecto —dijo finalmente—. Y no pienso detenerte.
Valeria sintió alivio… y algo más. Una distancia invisible comenzando a trazarse.
La noticia se hizo oficial al día siguiente. En la reunión, algunos intercambiaron miradas sorprendidas. Otros, incómodos.
—¿Ella sola? —murmuró alguien.
—Con resulta