Valeria no esperaba verlo.
Estaba revisando unos documentos en la sala de reuniones del hotel cuando la puerta se abrió sin anuncio previo. Alzó la vista por reflejo… y el aire cambió.
Adrián Blackwood entró como si el lugar le perteneciera.
Traje oscuro, mirada firme, postura controlada. No sonrió. No necesitó hacerlo.
—Tenemos cinco minutos —dijo al equipo local—. Continúen.
Nadie cuestionó nada. Nadie preguntó quién era. Se notaba.
Valeria se puso de pie lentamente, el corazón golpeándole el pecho con fuerza.
—¿Qué haces aquí? —preguntó en voz baja cuando él se acercó.
—Trabajo —respondió—. Y tú.
No era una explicación. Era una declaración.
Durante la reunión, Adrián apenas habló, pero cuando lo hizo, fue preciso, brillante, dominante. Validó cada punto que Valeria expuso, reforzó sus decisiones sin corregirlas, sin quitarle protagonismo. Al contrario: la colocó en el centro.
—La estrategia de Valeria es la base de esta expansión —dijo—. Confío plenamente en su criterio.
Alejandro,