No hubo prisa.
La noche los envolvió como si supiera que llevaba años esperándolos. Adrián la miró como si estuviera volviendo a verla por primera vez, como si cada centímetro de Valeria fuera un recuerdo y una promesa al mismo tiempo.
Ella no dudó.
Se acercó con la certeza de quien ya no quiere resistirse. Cuando sus cuerpos se encontraron, no fue solo deseo: fue todo lo que habían contenido, todo lo que habían perdido, todo lo que seguía latiendo pese al tiempo.
Se entregaron sin palabras.
Con besos que hablaban de ausencias, con caricias que no pedían permiso porque ya se conocían de memoria. Adrián la sostuvo como si temiera que el mundo pudiera volver a arrebatársela; Valeria se dejó llevar, sin miedo, sin culpa, sin pasado.
Esa noche no hubo promesas dichas en voz alta.
No hicieron falta.
Cuando finalmente descansaron, Valeria apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón como quien regresa a casa después de una larga guerra.
Adrián besó su cabello.
—Siempre fuiste tú —susu