Valeria no esperaba que la tentación tuviera forma de normalidad.
Había imaginado muchas cosas al aceptar el traslado: soledad, nostalgia, noches largas pensando en lo que dejó atrás.
Pero no esto.
No alguien que no conocía su pasado.
No alguien que no la mirara como si fuera un recuerdo.
El proyecto avanzaba bien. Demasiado bien. Y con él, llegaron las reuniones informales, los cafés improvisados, las conversaciones que se extendían más allá del trabajo.
Fue en una de esas tardes, cuando el edificio comenzaba a vaciarse, que Daniel se sentó frente a ella con dos tazas en la mano.
—Pensé que podrías necesitar esto —dijo, dejándole una.
Valeria sonrió.
—Empiezas a conocerme demasiado rápido.
—No es difícil —respondió él—. Trabajas como si tuvieras algo que demostrar… pero cuando te relajas, pareces otra persona.
Ella se quedó quieta.
No porque fuera una frase seductora.
Sino porque era cierta.
—¿Eso es bueno o malo? —preguntó.
—Humano —dijo Daniel—. Y eso no se ve tanto en este mundo.