El aeropuerto siempre olía a despedidas.
Valeria lo pensó mientras observaba el panel de salidas, con el bolso colgado del hombro y el pasaporte entre los dedos. No era la primera vez que viajaba por trabajo, pero sí la primera en la que sentía que estaba dejando algo importante atrás.
Adrián llegó sin prisa, como si temiera que el tiempo se rompiera si corría. Vestía sencillo, sin el traje impecable que solía usar para las reuniones. Solo él. Sin títulos.
—¿Lista? —preguntó.
Valeria asintió.
—Creo que sí.
Caminaron juntos hasta una zona más apartada del terminal. No se tomaron de la mano. No se besaron. La cercanía era distinta ahora, más cuidadosa.
—No quiero que esto se sienta como una promesa —dijo ella de pronto—. Ni como una espera.
Adrián la miró con atención.
—Tampoco yo.
—No somos nada —continuó Valeria—. Y no quiero que ninguno cargue con expectativas.
Él respiró hondo.
—Entonces seamos claros —dijo—. Amistad. Contacto. Sin reclamos.
—Sin celos.
—Sin reproches.
—Sin volver