La llamada llegó un lunes por la mañana, cuando Valeria apenas estaba acomodándose en la rutina de la semana. No era una oferta cualquiera. Tampoco un proyecto menor. Era de esos desafíos que no se pueden rechazar sin pensarlo dos veces: una alianza estratégica entre varias empresas, plazos ajustados, decisiones visibles, riesgo real.
Y un detalle que apareció al final del correo, casi como una nota al pie que lo cambiaba todo.
Adrián Blackwood estaba involucrado.
Valeria cerró el portátil unos segundos. No con angustia. Con lucidez. Sabía que ese momento llegaría tarde o temprano. Las ciudades son grandes, pero los proyectos importantes siempre reducen el mundo.
Aceptó.
No por él.
Por ella.
La sala de reuniones era más pequeña de lo habitual. No había mesa larga ni asistentes tomando notas. Solo carpetas abiertas, una pantalla encendida y el murmullo lejano de la ciudad colándose por los ventanales.
Valeria llegó primero.
Se sentó cerca de la ventana, como si necesitara una salida in