Valeria entendió que algo había cambiado antes de que alguien se lo dijera.
No fue un aviso.
No fue una orden.
Fue el silencio.
El teléfono llevaba horas sin vibrar. Ningún mensaje de Adrian. Ninguna instrucción. Ninguna advertencia. Y eso, viniendo de él, era peor que una amenaza directa.
Se encontraba en la sala del departamento, sentada con la espalda recta, el portátil abierto frente a ella. La ciudad seguía su curso afuera, indiferente. Pero dentro de esas paredes, la calma era artificial.