El silencio del departamento era demasiado pesado.
No era un silencio tranquilo, sino uno cargado de advertencias, como si las paredes mismas supieran que algo estaba a punto de estallar.
Valeria estaba de pie frente a la ventana panorámica, mirando la ciudad extendida bajo sus pies como un campo de batalla iluminado. Tenía los brazos cruzados, la espalda recta, el mentón alto. Ya no temblaba.
Había hablado.
Sin permiso.
Sin autorización.
Sin pedirle nada a Adrian Blackwood.
Y eso, lo sabía, te