El amanecer se filtraba por las cortinas como un intruso silencioso, dibujando sombras alargadas sobre el suelo de madera. Eva se contempló en el espejo del baño, apenas reconociendo su propio reflejo. Sus mejillas, antes sonrosadas, habían adquirido una palidez fantasmal. Las ojeras violáceas bajo sus ojos parecían dos medias lunas oscuras, testigos de un cansancio que iba más allá de lo físico.
Apoyó las manos en el lavabo para sostenerse. El mareo había regresado, más intenso que nunca. Ya n