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La niebla se arrastraba por las calles como dedos fantasmales, acariciando los edificios y envolviéndolo todo en un manto grisáceo. Eva observaba desde la ventana del apartamento de Lucian cómo la ciudad parecía haberse sumido en un letargo antinatural. Las farolas apenas lograban penetrar aquella bruma espesa, creando halos difusos que más bien parecían ojos vigilantes en la oscuridad.

—Nadie sale ya después del anochecer —murmuró, apoyando la frente contra el cristal frío—. Es como si todos l
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