El espejo no mentía. Eva se inclinó hacia su reflejo, estudiando los cambios sutiles pero innegables en su rostro. Sus pómulos parecían más definidos, su piel más pálida, casi translúcida bajo la luz del baño. Pero eran sus ojos los que la aterraban: un anillo dorado comenzaba a formarse alrededor de sus pupilas, como si algo ajeno estuviera reclamando territorio en su propio cuerpo.
Abrió el grifo y se salpicó agua fría en el rostro, intentando calmar el ardor que sentía bajo la piel. El agua