El desierto se extendía ante nosotros como un océano de arena dorada. El sol castigaba sin piedad mientras avanzábamos por el terreno irregular, cada paso más pesado que el anterior. Marcus caminaba delante de mí, su silueta recortada contra el horizonte ondulante por el calor. Observé su espalda ancha, la forma en que sus músculos se tensaban bajo la camiseta empapada de sudor, y sentí una punzada de algo que no quería nombrar.
Odio. Tenía que ser odio.
—Necesitamos descansar —dijo, deteniéndo