El silencio puede ser ensordecedor. Lo comprobé mientras observaba el monitor que Damián había instalado en nuestra habitación provisional, un cuarto de mantenimiento abandonado en el subsuelo del complejo. Las imágenes de las cámaras de seguridad que habíamos hackeado mostraban un patrón de guardias demasiado perfecto, demasiado cronometrado.
—Esto no me gusta —murmuré, señalando la pantalla—. Mira cómo se mueven. Es como si supieran exactamente dónde mirar.
Marcus se inclinó sobre mi hombro,