La noche se extendía como un manto pesado sobre la cabaña, y con ella, la amenaza se intensificó. Lairael, en su forma de Numen, había permanecido vigilante bajo la ventana de Euwen, el aire cargado con la emanación perturbadora de los Devoradores de Almas. No eran sombras que se movían con malicia estratégica, sino presencias hambrientas que vibraban con un instinto primordial de consumo. El ritual y la poción mantenían su presencia oculta, pero el escalofrío que sentía era inconfundible.
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