La luz meridiana apenas lograba perforar el denso dosel del bosque que rodeaba el humilde hogar de Elowen. Dentro, el aroma dulce de las hierbas secas se mezclaba con el guiso que Clara, su madre adoptiva, removía sobre el fuego. A su lado, Thomas, el anciano esposo de Clara, pulía una herramienta de madera, sus ojos pacientes y llenos de cariño fijos en la muchacha. La vida allí era sencilla, marcada por el ritmo de la tierra y las estaciones. Elowen, sentada en un rincón, trenzaba con dedos á