El rugido de Marcus, reverberando por toda su fortaleza del Norte, fue la chispa que encendió la pólvora. Al enterarse de la sentencia del Consejo, su furia fue monumental. "¡No me expulsarán! ¡Este territorio es mío, y quien intente reclamarlo conocerá la ira de un dios!", bramó a sus seguidores, quienes, aunque temblorosos ante su transformación, respondieron con un fervor fanático. La declaración de guerra era ahora inminente, un choque inevitable de voluntades y poderes.
En la opulenta sala