La noche había caído pesada sobre el Palacio de Luz de Luna. Todo estaba en calma, los guardias hacían sus rondas rutinarias y el silencio solo era roto por el susurro del viento entre los cristales. Pero en los aposentos privados de Valeriah, la atmósfera se había vuelto extraña, densa, como si el aire se hubiera cargado de electricidad estática.
Ella se había quitado la armadura horas atrás, quedándose solo con una camisa de noche fina y holgada de color blanco perla. Estaba sentada frente al