33; MORDIENDO EL DOLOR

El gran alfa.

—Asqueroso ente—, Luisa confrontó al extraño hombre con traje negro. —No entiendo ¿cómo es posible que revivieras? Estoy segura de que te mate en el océano pacífico.

—Por supuesto, de esa manera lo hiciste—, el hombre habló con voz ronca y le enseñó los dedos que se asimilaban a tentáculos de pulpo. —Me asesinaste, y por eso me enviaron de vuelta al infierno. Debido a que soy un demonio, ¿a dónde suponías que me enviarían a Guantánamo? Y volví a salir, pues ya conozco la salida.

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