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19; EL TODO POR EL TODO

MARIANA

Ella perdió el conocimiento debido a los latigazos de su cruel carcelero, aunque como en un sueño le pareció escuchar lo que hablaba el muchacho de que sería juzgada sin su presencia y con el veredicto de culpabilidad ya sentenciado, por eso se forzó a despertar y supuso que podía exigir: —Espera, muchacho, necesito que me lleves al juicio. Me tengo que defender.

Piré, el carcelero, alistó su látigo para enseñarle su realidad; sin embargo, el joven guerrero le señaló que parara al tiempo que habló: —Muchacha, que más quisiera que llevarte a donde fuera. Lo que sucede es que no soy, sino uno de los tantos hijos del cacique Chancó. No es que tenga mucha voz y menos voto. Lo que mi padre decida es casi sagrado. La única opción que tienes es encomendarte a tus dioses.

—Príncipe checo, no me explico la razón por la cual usted parece ser tan endeble con esta forastera que mancha esta tierra sagrada con su asquerosa presencia—. Piré apretaba al látigo de la misma forma en que rastrillaba sus manchados dientes; parecía que fuera a sacarles chispas.

—Es algo que no te incumbe. Dedíquese a lo suyo, no vaya a ser que por estar de curioso termines en una de estas celdas—. El príncipe de nuevo le clavó la mirada, causando un silencio que parecía llenar de electricidad el aire.

Entonces una vocecita les interrumpió la riña. Era Mariana la que se encontraba tirada en el suelo: —Aguarda, escuche que soy la primera mujer en siglos que logra convertirse en una de esas criaturas, además de que eso salvaría a su especie, y me parece que usted fue el que me defendió de que el cacique me devorara.

El príncipe se dirigió a ella, se quitó la capa; al acercarse los barrotes se apartaron y él la cubrió con ese abrigo, al tiempo que intentó explicarle: —Lo que sucede es que los bendecidos con el don del dios jaguar. Según la leyenda popular, un jaguar violó a una princesa, y de allí surgió el primer hombre-jaguar. Según nuestras historias, los primeros jaguares llegaron del cielo; por milenios se emparentaron entre ellos, sin importar si eran familia, tan solo para permanecer puros, pues se dieron cuenta de que al cruzarse con los humanos, sus dones se perdían o el feto no se desarrollaba. Cuando yo era pequeño, unos cazadores mataron a mi madre; ella era la última hembra que quedaba. Pues hace mucho que no nace una, o no aparecía una… hasta que llegaste; no sabemos cómo es que mi mordida te active o te contagie el poder.

—Pero eso no puede ser, yo estoy enamorada de Alberto, lo amo con cada partícula de mi ser, no puede ser uno de ustedes, no me puedo quedar aquí, tengo que salir de aquí y buscar una cura—. Mariana lloró y gimió mientras hablaba, sobándose las heridas, intentando levantarse.

—Eso está muy complicado, es una verdadera lástima que el consejo decida eliminarte, eso es debido a que eres amiga de los lobos. Esa cruel raza, que llegó de tierras lejanas a maldecir nuestro suelo con su hedor—. El muchacho se levantó, mirando al carcelero; desconfiaba ya que estaba callado, solo apretando el látigo.

—Príncipe, por favor, sálvame otra vez, te lo ruego, usted se ve que es diferente, por favor—. Mariana intentó cogerle un pie, para que su ruego fuese aún más patético, pero los barrotes se cerraron impidiéndolo.

—No confundas las cosas, es verdad que detuve a mi padre para que no los asesinaran. Lo que sucede es que me es mejor y más conveniente tenerte viva. Para mí, razonando, sería bueno estudiarte; de pronto podemos crear más hembras y de esa forma aumentar nuestros soldados, que cada vez son menos… El combate con su novio nos costó quince miembros de élite. Eso es imperdonable. A este paso nos extinguiremos. Aunque si me siento obligado a confesarte, es que cuando seguí tu rastro, un aroma se me metió en el pecho, que me provocó una sensación eléctrica, un cosquilleo que me hizo olvidar todo. Por eso también te mordí, algo suave, quería sentir tu sabor… Y me encantó, fue tan intenso. Es algo que no me lo he podido sacar de la cabeza, muy mágico. Lástima que te ejecutaran al amanecer, en la montaña sagrada. Prometo que llevaré tus restos a donde su familia.

Mariana se arrodilló, sobándose sus heridas, miró a los ojos al príncipe y se esforzó para sonreír, al tiempo que intentó sacar su voz sensual, diciéndole: —Pues la verdad, también sentí una conexión cuando te vi. Eres diferente a los demás.

El príncipe le correspondió la mirada, pero levantó los hombros y estiro los labios para responderle: —Me está mintiendo, señorita, usted es la mujer de ese lobo Escobar.

Los lobos de las otras celdas se levantaron agarrando los barrotes, y muy exaltados, gritaron: —Usted es la mujer de Alberto Escobar, somos sus familiares.

—Qué hermosa esta reunión familiar de la suegra, el cuñado y la nuera. Lástima que no se encuentre el novio. Claro que ese ya debe estar en el infierno de los perros, todo lleno de cancha y de pulgas—, interrumpió el carcelero, añadiendo unas carcajadas falsas, dejando ver las muelas podridas…

Mariana miró al suelo; intentó no pensar en el destino de su novio. Lo que necesitaba era encontrar la forma de salir de esta cárcel, así que, como si no hubiera escuchado nada, prosiguió con su coqueteo: —Es una lástima que no nos podamos conocer. Se ve que tu esposa es muy afortunada.

—Eso es lo más complejo; hace mucho tiempo un cacique promulgó una ley en la que nos prohíbe tener relaciones íntimas con humanos para mantener pura la raza. De esa forma nos dejan sin opciones—. El príncipe torció la boca para luego dejar escapar un suspiro.

La dulce escena fue contaminada por las carcajadas del carcelero, que se burló diciendo: —En cambio, yo, que soy un simple humano, he tenido mil amantes.

El príncipe giró a verlo, apretando los puños, y le refunfuñó: —Estamos casi parejos, pues todas esas mujeres a las que has violado, esas no cuentan.

De nuevo Mariana intentó coger el hilo de la conversación, intentó apartar el dolor para pensar con la mayor claridad posible y trató de proponerle: —¿Será posible que el concejo me cambie la pena de muerte por la de ser la esposa de su Majestad el Príncipe?

Ella tejió su red, en la que el ingenuo muchacho se atrapó, crédulo de sus encantos o virtudes. Se imaginó ello, pero el concejo no le haría caso; además de que él no era el sucesor, estaba de veinticinco en la línea de sucesión; lo único que le quedaría sería escapar con ella. Primero le tocaría acabar con el carcelero, después llevársela por entre los guardias, a través de la selva, y sin importar si se marchara al otro lado del planeta, su padre lo encontraría para castigarlo con todo su rigor. Así que lo mejor sería llevarla al juicio; de pronto podría encontrar alguna forma de convencer al implacable concejo. Entonces, alzó la voz para ordenarle al cruel carcelero: —Piré, trae agua y ropa de mujer. Decidí que ella se presente a su juicio; tenemos que actuar con el mayor honor posible.

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