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18; UN RESPLANDOR DE ESPERANZA

EL GRAN ALFA

—Deduzco por tu pulso, que se puede escuchar a kilómetros, que no estabas seguro de que ese trapo viejo me fuera a detener—, el gran lobo se irguió en dos patas, adoptando la forma mixta.

—Pues la verdad, no. Lo que sucede es que mi amigo me explicó que sus ataques son tan poderosos debido a que están recubiertos de una especie de aura mágica, por eso es que se pueden asesinar entre ustedes, sin necesidad de balas de plata u otro artefacto especial. Consideré que podría funcionar; ya antes me había salvado de un ser muy extraño—. Das se sujetó las solapas y tembló por un escalofrío que le dio al recordar esa cosa. Sin dudarlo, ese fue su caso más extraño hasta el día de hoy. —Un asesino que sembró el caos entre los actores y miembros de la farándula, nunca deja un rastro para seguir, o un patrón. Me tardé días en encontrar una pista, revisé cada segundo las cámaras de video, y nada. Mi prestigio se esfumaba al igual que mi carrera, y la situación empeoró cuando aparecieron otras víctimas cuando yo patrullaba las instalaciones de un canal de televisión. El único patrón detectable de todas las bajas que pude deducir después de escudriñar toneladas de documentos, en especial varios libretos, es que unas jornadas antes habían cenado puré de papas. Algo nada del otro mundo, imperceptible para cualquier investigador, excepto para mí que, al analizar la dieta de un actor de medio pelo, algo más que un extra. Un lúgubre personaje con diálogos monosílabos, que curiosamente solo comía puré de papas, y después de interrogar a los de la cocina, a quienes al parecer les había tocado cortar la porción de este señor para dárselo a los actores principales, aunque al comunicarle este inconveniente, el sospechoso no se molestaba, solo decía, “tranquilos”. Lo vigilé durante horas, me aburrí viendo cómo se sentaba durante horas a observar cómo actuaban los demás actores y de cómo disfrutaba el puré de papas. No dialogaba con nadie, a penas si parpadeaba. Cuando llegó su momento de actuar, todo mi mundo se sacudió. Fue algo increíble, supuse que se trataba de unos efectos increíbles, hasta que por la noche recordé que hacía años vi a ese actor hacer lo mismo en otra película. La busqué en internet y en efecto se trataba de lo mismo, este personaje era un hombre compuesto por un enjambre de gusanos. Lo capturé, pero se esfumó en su celda. Revisé las grabaciones y ahí volví a observar su truco. En un instante estaba sentado y al otro parecía como si se disolviera en pequeños pedazos que al caer al suelo se alargaban formando pequeños gusanos que se fugaron por un sifón. Fui a buscarlo al canal donde me negaron la entrada, pude observarlo que se reía desde un balcón. La productora, al parecer, se dedicó a encubrirlo. Descubrí que después dos actrices fueron reemplazadas, al parecer que desaparecieron por situaciones inexplicables, y sus cuerpos nunca aparecieron. Los directivos atestiguaron que las desaparecidas no asistieron al canal, pero yo con unos videos de seguridad de una cámara cerca del canal pude comprobar que mentían. Esas actrices sí habían ido a trabajar. Conseguí parar la producción unos días, mientras conseguía capturar a este bicho que se esfumaba al sentir mis pasos. No lograba alcanzarlo hasta que una noche me alcanzó a mí. Fue una de esas celebraciones porque, sí, cambié gran parte de mi sueldo por licor sin preocuparme porque me quedara para comprar comida el resto del mes. Ya me encontraba fundido en sueño, cuando sentí algo baboso y frío que me subía por la rodilla, luego esa sensación me invadió todo el cuerpo. Eso me despertó, aunque creí que estaba en una pesadilla. Me encontraba lleno de pequeños gusanos blancos, que dejaban un rastro húmedo sobre mi piel. Aunque eso me produjo bastante repulsión, no conseguí vomitar, debido a que me estaban atragantando. Sentí que mi boca estaba atiborrada de estos que parecían gélidos espaguetis, empeñándose en entrar a mi garganta, donde se apañuscaban de la misma forma que en mi nariz. Me levanté metiéndome los dedos a la boca para sacarlos, forzando los pulmones para sacarlos con un tosido o algo. Fui al baño, tragué agua, me vacié el frasco de enjuague bucal, eso sirvió un poco. Me percaté de ello, así que busqué la botella de vodca que tenía escondida en la cisterna, por si acaso, no, la verdad, fue una que me sobró de una noche de copas en la que me desperté en el suelo de ese cuarto de baño, y decidí guardarla para una ocasión especial. Ya me había sucedido un par de veces que conocía a una mujer que la llevaba al apartamento y no tenía que ofrecerle más que agua, una horrible vergüenza. Me vacié el contenido de este trago, lo que me provocó que vomitara en el lavamanos, más encima al ver que de mí salía tamaña cantidad de bichos, como si fuera una máquina de carne molida. Pues vomité aún más, los ojos me soltaron lágrimas y fue aún más difícil respirar. Cuando ya no quedaba nada en mí para sacar, levanté un poco la cara para verme al espejo. Sentí curiosidad de ver cómo me veía después de semejante erosión, por un segundo consideré que el esqueleto me saldría por la boca. En el reflejo me observé, todo contraído, sin embargo, eso no fue lo que me aterró, lo que sí me produjo un espasmo, fue que detrás de mi demacrada cara, a un costado, se encontraba ese gordo, quien, con su risita boba, se sacudía moviendo la cabeza. Giré con trastabillante la cabeza, alcancé a observar cómo por sus pies subían los gusanos que formaban su cuerpo. Grite, sin embargo, no me salieron sonidos, el temor me enmudeció. Con mucho asco le lancé un puño y fue como si golpeara gelatina. Pude sentir cómo los gusanos se apartaban deslizando mi mano, lo atravesé y al momento de sacar mi brazo, era como si cada uno fueran unas pinzas que me lo retenían. Y el gordo me golpeaba con sus manos, con la cabeza. No pude atracarlo, no solo por el hecho de que me aterrorizaba, sino porque no lograba hacerle daño. Lo único que alcancé a reaccionar fue empujarnos contra la puerta del baño y no fue como en las películas que se rompe al primer golpe, no sucedió de esa manera. Me tocó retroceder, tirarlo contra el retrete, aproveché el rebote que nos dio el choque contra la puerta para lanzarlo contra mi silla especial. Supuse que se rompería en mil pedazos con el peso del gordo, pero este pareció explotar, surgiendo un montón de gusanos que se reagruparon formándolo de nuevo al otro lado del sanitario. Yo aproveché para abrir la puerta, el pomo no parecía servir, de pronto se dañó con el golpe o quizás los nervios no me permitieron accionarla de la manera correcta. Arranqué el lavamanos y lo destrocé contra la puerta. Le abrí un hueco por donde entre astillas me introduje, como una culebra, saliendo al otro lado. Examiné mi pistola, la cargué; nunca dejé un arma cargada, me da miedo dispararme sonámbulo o matar a alguien borracho. Busque al monstruo en el baño, me asombré por el hueco donde pasé, vi unas astillas con sangre, de inmediato me dolió un costado del abdomen, donde me pasé la mano y sentí unas raspaduras. El baño estaba vacío. Al sacar la cabeza de allí, volteó, y el miserable se encontraba a mis espaldas con la misma risa vacía. De la misma forma quedó mi pistola al accionarla, cada bala lo atravesó dejando hueco en la pared. Me lanzó un golpe con un puño que crecía de forma exponencial a medida que se acercaba, consideré que lo mejor era tirarme al suelo y rodar en lugar de embarcarme en una fallida lucha cuerpo a cuerpo. Rodé hasta que me topé con una silla de mi habitación, en donde había dejado mi gabardina, la alcé en el mismo instante en que ese ser trató de embestirme y al tocar esta prenda se retrajo hasta el otro lado de la habitación, quedándose quieto. Esta vez yo fui y lo golpeé, todos mis puños parecían hacerle daño, me sentí como un superhéroe, en el momento en que triunfa y se escucha una canción de júbilo. Lo llevé a la cocina a empujones, busqué una botella de aceite que le desocupe, prendí un fósforo y esa cosa me asombró debido a que se carcajeó. En mi nariz sentí el olor al humo del cerillo, pero también el del gas, con una mirada furtiva revisé la estufa y estaban todas las llaves de los fogones abiertas. No sé cómo lancé el fósforo aún en reacción, y me tapé con la gabardina. Sentí que la explosión me disparó; atravesé algunas paredes. Minutos después fui encontrado por los bomberos debajo de los escombros. Duré en cuidados intensivos un par de meses, donde casi no dormía, pensaba que ese sujeto llegaría a terminar lo que había empezado. Muchas veces sentía algo que me subía por las piernas y gritaba ayuda, tanto que después las enfermeras ya no acudían a mis llamados. Faltó poco para que me remitieran a un hospital para enfermos mentales. Supongo que ese bicho quedó incinerado o que todo fue mi imaginación y provoqué ese incendio porque me encontraba bajo efectos por la ingesta incontrolada de alcohol, esa fue la versión oficial. Lo que yo considero es que esta prenda me salvó ese día, al igual que hoy.

—Me sorprende que usted se quede quieto, pensativo, cuando su amigo se está muriendo y que se olvide que tiene enfrente una magnífica bestia que es muy poderosa e inteligente y que lo más probable es que encuentre la forma de matarlo, aunque tenga mil hechizos de protección. Ya he pasado por situaciones parecidas, he vencido a magos y a hechiceros de gran renombre, un simple humano con algo de suerte, no es rival para mí, el gran Alfa—, el enorme hombre lobo derribó un árbol, le arrancó algunas ramas y lo levantó como un b**e de baseball para agitarlo. —Con esto comprobaré si ese trapo es anti madera, o si este tronco es mágico. Apuesto a que sí; de seguro se volverá astillas el árbol o tu cuerpo. Tranquilo, que esa gabardina la voy a adoptar, eso sí; primero la mando a lavar y a arreglar, que sea una prenda digna de un rey, lo que soy.

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