Alberto no respondió mientras se levantaba del suelo del salón. Su cuerpo aún vibraba por la batalla contra Juan, cada músculo temblando como si recordara cada golpe, cada mordida, cada decisión. La espalda brillaba con un fulgor sobrenatural, como si el metal bajo su piel ardiera con un fuego que no era suyo.
Los lobos del clan lo observaban en silencio. Algunos con reverencia, otros con duda. Todos con miedo. El aire estaba cargado, denso, como si el salón entero contuviera la respiración del