169; LA JAULA DE FUEGO

JUAN

—Despierta, te necesito alerta.

—¿Qué?, ¿dónde estamos?

—Enjaulados y, aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión.

Alberto despertó con la garganta seca y el cuerpo entumecido. El aire olía a metal oxidado, sudor rancio y desesperación. Estaba en una celda de concreto, sin ventanas, con una luz parpadeante que parecía burlarse de su conciencia. A su lado, sentado en el suelo con la espalda contra la pared, estaba Juan.

—¿Dónde estamos? —murmuró Alberto, apenas capaz de mover los la
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