JUAN
—Despierta, te necesito alerta.
—¿Qué?, ¿dónde estamos?
—Enjaulados y, aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión.
Alberto despertó con la garganta seca y el cuerpo entumecido. El aire olía a metal oxidado, sudor rancio y desesperación. Estaba en una celda de concreto, sin ventanas, con una luz parpadeante que parecía burlarse de su conciencia. A su lado, sentado en el suelo con la espalda contra la pared, estaba Juan.
—¿Dónde estamos? —murmuró Alberto, apenas capaz de mover los la