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16; CHOCANDO CONTRA LA PARED DE LA REALIDAD

SHEILA

En un callejón de casas antiguas, un paisaje colonial descuidado que alguna vez fue un barrio de la elite colombiana que luego, debido a la proliferación de habitantes de calle, decidieron vender a los jíbaros o abandonar los predios. Y que, al cabo de un tiempo por asuntos de salubridad, al gobierno le tocó intervenir en ese barrio desalojando a empujones y gases lacrimógenos. En ese paraje se encontraba Safor, el único heredero de un imperio criminal y el alfa de su manada, quien golpeaba sin descanso a la que fue su amada, la bella Sheila, quien era la hija adoptiva de su principal enemigo, aquel lobo que transformó, pero que también acabó con su familia. Pero este no era el motivo de su venganza, sino el que le aullaba con dolor: —Sheila, miserable, ¿por qué lo hiciste? No tenías que haber abortado a mi retoño, ¿es que acaso soy tan poca cosa, que no merezco tener descendencia? No merezco tener familia.

La mujer intentó hablar, pero el dolor producido por sus heridas, solo la dejaban emitir suaves quejidos. Varias veces trató de desmayarse, aunque su atacante lo advertía y le daba cachetadas para que siguiera consciente, hasta que unas voces le interrumpieron la golpiza.

—jefe, debemos irnos, vienen más lobos y también la policía, acabe con ellos.

—si, jefe, aquí trajimos armas mágicas y de plata, fueron muy efectivas contra los otros.

Uno de ellos se acercó con una espada, cogiéndola con ambas manos, apuntando al cuello de Sheila, esperando la orden de su jefe, quien asintió moviendo la cabeza. La espada se elevó para coger impulso, que luego se dirigió a cortarle los hilos de la vida a la agónica loba.

La sangre manchó el lugar, también el asombro, pues un enorme oso partido en dos al de la espada, evitando que consumara su propósito.

— ¿Quién eres? —Safor lo interrogó, estaba asombrado de que no solo no lo vio acercarse, tampoco observó como partido a uno de sus seis guardias personales, los más fuertes de su manada, los que se encontraban allí igual de sorprendidos.

—Jefe, huélalo, es ese lobo que hace un segundo se encontraba tirado, agonizante, me parece que es hijo del Alfa, solo que ahora luce diferente. Es imposible que se recupere de esas heridas.

Alberto cambió de lobo a la forma media, se irguió en dos patas, tenía la vista roja, llena de furia, y se proyectó hacia Safor. Sus garras cortaban el viento, parecía que lo hiciera llorar, provocando un chillido que cambió cuando desgarró el pecho de su blanco, al romper incluso los huesos.

— ¡No puede ser! Mató al jefe, debemos vengarnos, ataquemos juntos, somos una manada. —propuso uno de los cinco guardias restantes, y todos asintieron, atacando al unísono, confiados de sus armas sagradas y de su extenso entrenamiento.

El primero en atacar llevaba un hacha de plata que, como era lógico, le apuntó a la cabeza. Otro armado de una lanza la dirigió al corazón. A otro más recurrente se le ocurrió atacarlo con su sable por la espalda; planeaba hacerle varios cortes. Alberto se agachó, retrayendo las piernas, esquivando el hacha, cogió la lanza, jalándola, enterrándosela al de la retaguardia. El del hacha perdió un poco el equilibrio al fallar el golpe, no se cayó debido a que Alberto con una mano le cogió el cuello, apretándolo en un segundo hasta que sintió sus dedos contra su palma.

El que tenía la lanza, junto con los cuatro restantes, dieron unos pasos atrás, sin dejar de verlo; no podían comprender lo que sucedía. Ellos se vanagloriaban de nunca haber perdido una pelea, hasta la fecha ningún oponente había conseguido acabar con un miembro de su equipo.

— ¿Qué hacemos?Es que no puede ser, no es posible—. el de la lanza entró en pánico y salió huyendo.

—Qué cobarde, yo sí prefiero pelear, si he de morir, lo haré peleando—. sentenció uno que tenía una espada que parecía un cuatro, su ataque detuvo el avance de Alberto quien avanzaba como una avalancha contra ellos. No había duda de que este mercenario era muy hábil, con esta rara arma le pudo cortar un brazo, a la vez que lo golpeó en la quijada cerrándole las fauces. Le propinó varias cortadas hasta que Alberto se derrumbó.

— ¡Esa es la aptitud! —exclamó otro de ellos al ver el acto valeroso. Y luego añadió otro, —¡cuidado!

Alberto se reincorporó, el escolta solo alcanzó a voltear la cara para ver que Alberto se acercó con la boca abierta mordiéndole el cuello, sintió que el aire le faltaba y la cara parecía estallarle, hasta que alcanzó a divisar a su cuerpo que caía en otra dirección.

Los dos restantes decidieron atacarlo al tiempo. Sin dejar que se recuperara de los ataques de su compañero, uno lo apuñaló en una costilla con una daga plateada, que se rompió al dar con el hueso, y el otro se le ocurrió darle en las piernas con una daga que parecía una llave, que, aunque sin filo, le perforó el muslo sin necesidad de esfuerzo.

Alberto recibió a propósito los ataques, abrió los brazos, golpeándolos con la mano abierta en las orejas, para juntarles ambas cabezas, que al chocar una contra la otra crujieron como dos cáscaras de huevo. Hasta ahí llegó el poderoso e invencible comando elite.

Sheila no salía del asombro, ¿cómo podía haber sucedido todo aquello? O quizás ya estaba muerta y todo eso fue una ilusión. Su hermano estaba casi muerto y, como Lázaro se levantó para salvarla, él se le acercó mirándola, sacando la lengua como un cachorro, ella le sonrió para conseguir su gracia. Un brillante número cuatro salió de su pecho. Alberto se lanzó al piso rodando, giró divisando a Safor, quien en una mano sujetaba esa rara espada y en la otra una jeringa vacía que arrojó manifestando:

—Esta era la última, no tuve más opción que aplicármela, ya que ninguno de los sujetos de prueba aguantó más de una dosis, pero me siento bien, me siento perfecto, estoy como nuevo.

Alberto tomó impulso, aunque sus heridas no cerraban, se movió muy rápido. Se lanzó contra Safor, quien le lanzó un ataque con la espada para degollarlo, sin embargo, la garra del moribundo le ganó en rapidez enterrándosele en el pecho, obligándolo a retroceder antes de que lo partiera en pedazos. Contemplo la huida, pero de seguro esa bestia lo mataría por la espalda, así que volvió a dar un paso adelante y de nuevo le lanzo un espadazo al cuello, que su enemigo lo detuvo con la palma de la mano. Dejando que la hoja lo traspasara para sujetarle la mano, y con su brazo libre, lanzo un golpe con las garras de punta, como si fuese una lanza, atravesándolo, sacando el corazón, pedazos de huesos y otros órganos. Safor se tumbó de rodillas, mientras Alberto se extrajo el extraño puñal, le colocó una mano en un hombro y con la otra le agarró la cabeza jalándola hacia arriba, separándola del tronco, eliminando a este alfa enemigo de la existencia.

Primero cojeó, luego terminó en el piso arrastrándose, rumbo a donde Sheila, quien lo observó entre nieblas, vio que trató de levantarse, pero trastabilló para caerle encima donde sintió que dejó de respirar, aunque no sabía si él o ella o quizás ambos.

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