15; AULLIDO DE DOLOR

MARIANA

— ¿Cuánto llevan encerrados?

—Hace mucho, ya perdimos la cuenta. Lo mismo te sucederá, aunque también te pueden ejecutar, estos aborígenes son unos salvajes.

—Su forma de hablar me recuerda a mi novio, quien tal vez sea pariente de ustedes.

—No lo creo, señorita, una mujer de su calaña, no puede tener familiaridades con uno de nosotros. No lo digo por qué se nota en su ropa, que no es de marca, que usted es de una clase social de estrato bajo, es porque los hombres lobos únicamente se pueden emparentar con los de su clase.

Mariana se levantó de su celda para agarrar los barrotes, notó que eran de madera, aunque por alguna clase de truco una descarga eléctrica la obligó a soltarlos. Se le escaparon unas groserías acompañadas de estas palabras:

— ¡Qué dolor! Eso quiere decir que ustedes dos también son hombres lobo, no me imagine, pues se ven tan acobardados, nada que ver con todos los miembros de la manada, que parece que fueran capaces de desafiar a muerte a los mismísimos dioses.

La mujer abrió los ojos, parecía que fuera a absorber a Mariana, y como si estuviera en su forma de lobo, mostró sus dientes, dejando ver que le hacían falta varios, y gruñó: —No sabes nada, niña, apenas llevas unos minutos en esta ratonera, fétida, que está en el medio de esta selva, que nos ahoga con tanta humedad y calor. En verdad somos lobos, y de los más fieros; lo que sucede es que tratamos de huir varias veces y no contamos con suerte. Una vez caímos en un pantano donde casi nos devoran unas anacondas, otra vez nos perdimos varios días, casi morimos de hambre, nos picaron unos bichos que nos provocaron fiebres durante los días.

—Y lo peor era cuando nos recapturaban. Nos golpeaban, nos torturaban, no nos daban comida ni agua. Fue difícil aguantar golpes encima de las magulladuras, pero más difícil las fiebres con sed. Pareciera que hubieran querido que nos muriéramos. —añadió el hombre, que se notaba que era menor que la mujer, aunque su barba enmarañada y el cabello revuelto lo hacían parecer un feo chimpancé.

— ¿Con qué motivo los tiene aquí? ¿Para cobrar dinero por su liberación? —Mariana preguntó, mirando a su alrededor como si tuviera algo diferente que ver. Parecía una pequeña choza con cuatro celdas con esos barrotes mágicos. Para alguien que no hubiera llegado consciente se le haría fácil escapar tan solo rompiendo uno de esos muros. Lo que no le pasaba por la mente a la chica, debido a que estuvo despierta todo el camino, la obligaron a entrar a unos pequeños túneles por donde llegaban a este hueco. Incluso ignoraba que tan profundo se encontraban.

—No se trata de un simple secuestro. Si fuera por dinero, mi marido ya les hubiera dado lo que le hubieran pedido. Es algo más complejo, lo que nos tiene es para hacer sus experimentos o brujería. Es mucho el sufrimiento que nos ha tocado soportar, sobre todo porque me toca ver cómo estos infelices torturan a mi pobre hijo—. La dama corta la conversación entre llantos.

Por una puerta en el techo entró un guardia; llevaba una maleta de donde extrajo tres ollas pequeñas. A cada uno le dio unas. Los lobos se hincaron al verlo, y este escupió el suelo diciendo: —Estas bolsas de pulgas cada día huelen más a feo, el chamán debería hacer unos trapos para limpiar las letrinas con sus pieles.

Mariana se ofuscó lanzándole la olla a la cara, esa extraña comida le quedó como una máscara de carnaval, y le añadió: —Maldito, debes respetar a todos, sin importar si sean sus prisioneros o no.

Fue interrumpida por los lobos que suplicaban:—Por favor, querido guardia, ella no tiene la culpa, es nueva, por favor no nos castigue.

El guardia se limpió la cara con una mano y con la otra sacó un látigo de cuero que tenía en la cintura, tres puntas de hierro brillaron al serpentear en el aire, parecían pequeñas garras metálicas, que fueron conducidas a Mariana por entre los barrotes. Le pegó en el hombro rompiéndole la blusa, llevándosele pedazos de piel, dejándole un ardor que provocó que aullara de dolor, brotando gotas de sangre, manchando las paredes. A pesar de que su vista se le nubló del dolor, alcanzó a contemplar cómo ese lazo de cuero se retrajo para de nuevo dirigirse a dañarla.

El cruel instante se rompió gracias a una voz de un muchacho que entró de un salto por la puerta del techo, al tiempo que le detuvo la mano al verdugo: —¡Detente!, considere que algo por este estilo sucedería. Padre, te ordeno que no le hicieras nada.

El verdugo apretó los puños, le acercó la cabeza al punto que pudiera sentir su respiración agitada, gruñendo, trató de explicarle; —es que esa porquería me aventó la comida en el rostro. De igual manera, no la iba a matar, solo era un pequeño castigo.

—Por supuesto, he visto lo que tus castigos les han causado a otros prisioneros, me parece que la fosa de cadáveres da testigo de ello, —el muchacho no le apartaba la vista de los ojos. Ninguno de los dos parpadeaba, hasta que el joven añadió: —Claro que es normal, por algo eres el carcelero. El legendario Piré, famoso por su crueldad, es un bárbaro temperamental que no sabe controlarse y que es capaz de atacar al que sea. He deducido que te tienen en este puesto debido a que nadie te quiere a cargo.

El carcelero abrió la boca, escupiendo a un lado, sin quitarle la mirada ni siquiera para contestarle: —Señor, es bueno que entienda que no me doblego ni siquiera contra usted o su padre, yo no como de caciques. No copeo de nada.

—Eso lo sé, de la misma manera que sabemos la ubicación de tus padres—. El muchacho, que, aunque era un poco más alto, le pegó la frente a la de él, parecía que lo fuera a atravesar con la mirada.

El bárbaro se retiró a una pared en donde se recargó murmurando algunas frases algo inteligibles, tan solo los presentes entendieron estas frases: —Tampoco me importan, ya están viejos y ya vivieron lo suficiente.

—De todas maneras, no te sientas mal, sabes que nunca me he metido contigo, lo que sucede es que venía a llevármela a ella, es que el concejo de tribus se reunió, querían verla antes de decidir qué le van a hacer. Es lamentable, no la puedo llevar con ese aspecto, además parece que sería en vano, pues al parecer todos piensan que es mejor matarla, algo que, de seguro, a su majestad carnicera, príncipe de los torturadores, maestro de violadores, Piré bautizado en un cementerio, eso te hará muy feliz—. Al muchacho se le entrecortó la voz.

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