Mariana
Alberto la miró con una mezcla de alivio y consternación. Ligia, sintiéndose desplazada, se apartó con resentimiento y cautela. La gallina que Mariana había arrojado se sacudió y cacareó, corriendo de un lado a otro en el suelo de la cueva.
—Mariana, por favor, déjame explicarte —dijo Alberto con la voz entrecortada—. No es lo que parece. Ligia y yo solo estábamos buscando la manera de salir de aquí.
Mariana, con el rostro endurecido, replicó: —No me interesa escuchar tus excusas. Lo ún