ALBERTO
—Vámonos de aquí, me quiero quitar ese sabor tan horrible de mi boca.
Yo tampoco me pude tragar ni un pedazo de esa horrible gente.
—Amigos, hicimos bien; esas alimañas merecían morir y de una manera peor o, de pronto, en una inmunda prisión.
—Ligia ¿qué hacemos con las monjas?
— Alberto, de mi corazón de melón, es mejor que las acompañemos a su destino. Una vez fui al Salto de las Monjas; queda en Cundinamarca y, según la historia, esa catarata fue nombrada así debido a que unas monjas