Eva permaneció sentada en el borde de un sofá de terciopelo con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. La habitación era amplia y elegante y estaba curiosamente llena de es pejos como si las celebridades se arreglaran allí.
El silencio era absoluto y la ansiedad había empezado a carcomerla por dentro: ¿Dónde estaba Ulises? ¿Por qué la habían dejado allí en lugar de interrogarla?
De repente las puertas dobles se abrieron de par en par. Eva se puso de pie de un salto, esperando ver a Ulises con su arma pero lo que entró fue algo totalmente distinto.
Un hombre de mediana edad vestido con un traje de seda color esmeralda y un pañuelo de plumas violetas al cuello entró pavoneándose como si fuera el dueño del mundo. Lo seguía un grupo de tres asistentes que cargaban maletines, percheros con telas finas y cajas metálicas.
El hombre se detuvo a un metro de ella, se puso unas gafas pequeñas sobre el puente de la nariz y soltó un suspiro dramático que resonó e