Eva permaneció sentada en el borde de un sofá de terciopelo con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. La habitación era amplia y elegante y estaba curiosamente llena de es pejos como si las celebridades se arreglaran allí.
El silencio era absoluto y la ansiedad había empezado a carcomerla por dentro: ¿Dónde estaba Ulises? ¿Por qué la habían dejado allí en lugar de interrogarla?
De repente las puertas dobles se abrieron de par en par. Eva se puso de pie de un