88.
— Ámber ya no puedo seguir con este juego de ser vecinos y desconocidos —dijo él. Su voz cambió, adoptando un tono profundo — Sé que me miras y quieres creer que ves a un extraño, pero en el fondo de tu alma sabes quién soyen realidad.
Me di la vuelta con una risa amarga en los labios.
— ¿De qué estás hablando, Sebastián? Deja de decir estupideces. Hace tiempo que Julián mur-
— No soy Sebastián — soltó él, dando un paso hacia mí con los ojos fijos en los míos — Soy yo, Ámber. Soy Julián. No mor