Ulises soltó el mentón de Eva con una lentitud calculada, dejando que la frialdad de sus dedos permaneciera en la piel de ella como una advertencia. Se puso de pie y se ajustó los puños de la camisa, recuperando esa postura de control absoluto.
— Te daré una oportunidad, Eva. Una sola — dijo con una voz que vibraba con una amenaza latente — Pero ten presente algo: detesto las mentiras. Me aburren y me insultan. Si descubro que ese "lugar" donde Nicolás apostó el reloj es otra de tus fantasías p