El silencio en el despacho era una tortura distinta a la de la celda. Ya no era el vacío de la oscuridad sino una presión psicológica asfixiante. Ulises se mantenía tras su escritorio, observándola con una calma imperturbable mientras los minutos pasaban.
Quince minutos de silencio absoluto en los que Eva, sentada rígidamente frente a él solo podía escuchar su propia respiración entrecortada y el tictac de un reloj que parecía contar los segundos que le quedaban de vida.
Entonces un suave toque