76.

El lunes por la mañana la realidad me golpeó en la cara. Ser la dueña de un imperio no era solo sentarse en una silla cara y dar órdenes.

Era enfrentarse a una montaña de papeles que parecía no tener fin.

Estaba en mi oficina rodeada de carpetas con balances financieros, contratos antiguos y leyes que apenas entendía. Me dolía la cabeza y lo único que quería era salir de allí, buscar a Alejandro y hablar sobre lo que su abuelo, Don Lorenzo, me había dicho en la cena. Necesitaba saber si él tamb
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