101.
El silencio que se instaló en la habitación del hospital era mucho más pesado que cualquier grito. Ámber miraba hacia la ventana viendo cómo las gotas de lluvia resbalaban por el cristal sintiendo que su propio cuerpo se había convertido en un lugar vacío. No habían pasado más que unas horas desde que el médico confirmó lo inevitable: el corazón del bebé se había detenido por causas naturales. Tal como indicaban los estudios, su desarrollo simplemente no fue suficiente.
Ámber no dejaba de llorar, pero era un llanto silencioso. Se miraba las manos y sentía una culpa punzante que le oprimía el pecho.
—Fue mi culpa, Alejandro — susurró con la voz rota — Mi cuerpo no pudo protegerlo. No fui lo suficientemente fuerte para sostenerlo.
Daisy, que había estado sentada en un rincón limpiándose las lágrimas, se acercó rápidamente y le tomó la mano con fuerza.
— No digas eso, Ámber, por favor — le suplicó Daisy con voz dulce — El médico lo explicó muy claro. No hubo nada que pudieras hacer difer