101.
El silencio que se instaló en la habitación del hospital era mucho más pesado que cualquier grito. Ámber miraba hacia la ventana viendo cómo las gotas de lluvia resbalaban por el cristal sintiendo que su propio cuerpo se había convertido en un lugar vacío. No habían pasado más que unas horas desde que el médico confirmó lo inevitable: el corazón del bebé se había detenido por causas naturales. Tal como indicaban los estudios, su desarrollo simplemente no fue suficiente.
Ámber no dejaba de llora