100.
Ámber no se movió de su sitio a pesar de que Alejandro tiraba suavemente de su brazo. Ella miró a su esposo y le pidió con la mirada un momento a solas. Alejandro dudó pero al final retrocedió unos pasos para darle espacio. Ámber se sentó frente a Isabella en esa mesa que olía a flores marchitas y a derrota.
Ella volvió a sentarse frente a Isabella. La novia la miró con una expresión vacía mientras jugueteaba con el amuleto de plata que Ámber le había regalado. El salón estaba casi vacío y el silencio era tan pesado que dolía.
— ¿Por qué, Isabella? — preguntó Ámber con voz baja pero firme. — Tú y Karla se pasaron la vida tratando de destruirme. No entiendo por qué tanto odio.
Isabella levantó la vista. Su rostro no tenía ni rastro de arrepentimiento. Se acomodó en su silla de novia y soltó una risa fría que heló la sangre de Ámber.
— ¿De verdad no lo sabes? — dijo Isabella con desprecio — Bueno, al menos puedo decirte sobre eso... Te odiaba porque tú tenías una familia de verdad. Tus