102.
Pasaron tres años antes de que Alejandro y Ámber decidieran que era momento de volver. La ciudad ya no se sentía como el campo de batalla que dejaron atrás. El aire parecía más limpio y el sol brillaba con una intensidad que hacía que todo se viera vibrante y lleno de color. Al cruzar las puertas de la vieja propiedad de los Rivera, la imagen era distinta: los jardines estaban llenos de flores vivas y ya no había esa rigidez gélida que los caracterizó por años.
Marcus y Daisy estaban en la entrada. Con el tiempo el respeto mutuo que se tenían trabajando para Alejandro se transformó en algo más profundo y ahora eran una pareja sólida que irradiaba su propia felicidad. Al ver detenerse el coche, Daisy no pudo contenerse y corrió por el sendero con una sonrisa de oreja a oreja.
— ¡Ámber! ¡Finalmente están aquí! — gritó Daisy, envolviendo a su amiga en un abrazo apretado.
Ámber se reía, luciendo una salud radiante. Su piel estaba bronceada por el sol del lago y sus ojos tenían un brillo d