Marina
Ya es de noche cuándo sentimos el auto entrar en la mansión, tanto Daniel como yo corremos hasta el corredor justo cuándo la puerta principal se abre.
Cuando Salvador entra por la puerta, no necesito ver su rostro para saber que algo no está bien. Su cuerpo entero grita tensión. Lleva los puños apretados, la mirada perdida, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que salió de la mansión del viejo.
Camino directo hacia él y me lanzo a sus brazos antes de que pueda decir una