Joaquín
Desde el momento en que cruzo el umbral de la mansión, lo siento. Los ojos de Daniel sobre mí.
No es sutil. Nunca lo ha sido. Esa es una de las cosas que me enloquece de él. Su absoluta y brutal falta de filtro. Es tan transparente que duele. Y allí está, parado al borde del vestíbulo, disimulando tan mal que me provoca reír.
—Ese ha sido un repaso bastante descarado, incluso para ti, niño bonito”, le digo con una sonrisa ladeada. No puedo evitarlo. Me sale solo. Es más fácil fingir lige