La gala benéfica resultó ser en el imponente salón de convenciones de la galería Renacer, la más grande de la ciudad. Desde la entrada, todo era cristal, mármol y un ir y venir de trajes de diseñador y copas de champaña. Kevin, impecable con ese esmoquin negro, me ofreció el brazo con una sonrisa arrogante.
—Espero que no estés pensando en escaparte, calabacita —murmuró mientras atravesábamos el vestíbulo iluminado por arañas de cristal.
—¿Escaparme? ¿De un ejército de médicos y enfermeros? —La