El ascensor se abrió con un chasquido metálico. Abordamos a trompicones, sin dejar de tocarnos. Una fortuna que nadie más subiera con nosotros ni detuviera el elevador en otro piso. De no ser por la cámara de seguridad, probablemente nos habríamos puesto más creativos.
Nos detuvimos en el décimo nivel. Recuperamos algo de decoro al escuchar voces, aunque nuestras respiraciones agitadas no eran nada fáciles de disimular. Al llegar al doceavo piso, bajamos tomados de la mano, todavía entre risita