«¡Buenos días, calabacita! Tu sol te saluda».
Leí el mensaje de Kevin en la pantalla mientras me maquillaba para otro día de trabajo. Arrugué el rostro.
—¿Mi sol?, ¿quién se cree?
Hice el celular a un lado, no le contesté, ni siquiera abrí el WhatsApp. Tenía que reunirme con el señor Murano porque, el día anterior, cuando su hijo decidió interrumpir mi jornada, resultó que él apareció en el proyecto, e Iván tuvo que manipular la situación. Deseé matar a Kevin en cuanto lo supe.
Por eso no estab