Tres meses habían pasado desde aquella noche en que Luna Navarro se encontró con el espíritu de Magdalena.
Ya no era la misma mujer. Había algo en su mirada, en su forma de caminar por los pasillos de la hacienda, que recordaba inevitablemente a la antigua dueña de aquellos muros.
Esa mañana, Luna estaba en el despacho principal revisando documentos antiguos cuando recibió una visita inesperada: un hombre de unos cuarenta años, traje caro y mirada arrogante. Se presentó como Gonzalo Montalbán R