Ciento ochenta años después de su nacimiento, Doña Magdalena Montalbán ya no era solo una persona. Era un símbolo.
La Hacienda Los Olivos se había convertido en un lugar sagrado para miles de mujeres de todo el mundo. Cada año llegaban peregrinas que se sentaban bajo el olivo joven (ahora un árbol robusto y majestuoso) para dejar cartas, flores y lágrimas. El Rincón del Susurro nunca cerraba sus puertas. Allí, cualquier mujer podía hablar sin ser juzgada.
Valeria, ya con sesenta y dos años, era