regreso a la hacienda fue silencioso y tenso. Magdalena cabalgaba con la espalda rígida, aún sintiendo en los labios el peso del beso de Rafael. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir su cuerpo encima del suyo, su calor, su olor a cuero y hombre. Sacudió la cabeza, intentando alejar esos pensamientos.Rafael, por su parte, no dejaba de mirar hacia los lados, alerta. Su mano nunca se alejaba mucho del revólver que llevaba oculto.En cuanto llegaron al patio principal, Anselmo salió corriendo a recibirlos, pálido como un papel.—¡Señora! ¿Está usted bien? ¡Nos han dicho que hubo disparos!—Estoy bien, Anselmo —respondió Magdalena, bajando del caballo con ayuda de un mozo—. Pero quiero que dupliques la vigilancia en los olivares. Nadie entra ni sale sin mi permiso.Rafael desmontó y se acercó a ella, hablando en voz baja para que solo ella lo escuchara:—Necesitamos hablar. Ahora. En privado.Magdalena dudó un segundo, pero terminó asintiendo. Lo condujo hasta el despacho de su p
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